Me gusta conducir, pero mejor sola, claro. Las probabilidades de encontrarte energúmenos propensos a ser donantes de órganos aumentan con el aumento del tráfico. Por eso me gusta la campaña publicitaria de la D.G.T. que hay ahora en televisión: la que focaliza la distancia, o la falta de, de seguridad como forma de provocar un accidente. El sábado pasado a la altura de Alicante, un gilipollas comenzó a comerme el culo. Y el caso es que el tráfico era denso, por lo que cederle el paso era realmente complicado, implicaba decelerar y esperar a que alguien me cediese un hueco para meterme en la derecha. A la velocidad que iba, 120 km, adelantaba sin ningún problema a los coches de mi carril derecho, función establecida en el carril por el que conducía. El impresentable de detrás decidió pasar al carril derecho e intentar adelantarme por la derecha. No sólo está prohibido, sino que me obligó a dar un frenazo y dejarle pasar, ya que su ostentoso Hammer me hubiese destrozado. En realidad, y tal y como dice mi querido Reverte, el pobre se matará en la siguiente curva. Lo único que espero es que no me lleve a mí.
Pero ese comienzo de viaje no me desilusionó en absoluto. Sabía a dónde me dirigía y lo que me esperaba. Y así fue. Málaga no será la ciudad más bonita, pero sin duda es una de mis favoritas: según aparqué la lado de la Plaza de la Merced y salí del coche con mi ropa arrugada y mal oliente un par de chavales se me quedaron mirando, uno le dio un codazo al otro y le dijo, no precisamente entre susurros, “está buena”. Claro que no pude evitar sonreír. La escena se remató cuando me gritaron “¡Guapa!” desde el otro lado de la calle y yo no pude contener una carcajada y un muy educado “Gracias”. Esta ciudad es así: alegre, divertida, hospitalaria, sencilla.
Y lo malo es que todo ello es adictivo. Estoy deseando volver.

